No había dormido en toda la noche. Astrid se encontraba en su tejado, contemplando las estrellas y el esplendor que emitían. Cada vez que intentaba acostarse tenía que volver a subir al tejado para seguir pensando en el mañana. Cada año, los hombres de Cartid (la aldea de Astrid), se iban al reino de Hyrodian a entrenarse para las duras guerras del desierto, las cuales nunca cesaban, y cuya razón de su disputa ella no entendía. El mundo estaba dividido en tres reinos; Hyrodian, el reino más débil, su único recurso era el río que cruzaba por toda la región, del cual obtenían riego para las plantas y alimentos a partir de la pesca. Heptenia era el reino más rico de todos, su población no era tan miserable como la de Hyrodian, porque estaba plagada de minas de oro y de cobre, algunas otras ricas en diamantes, y, además, la comida y el agua nunca se terminaban: tenían unos interminables bosques nevados llenos de osos y pájaros. Cuando necesitaban agua, fundían la nieve, y cuando llegaba la primavera y el verano, en el medio del bosque disfrutaban del lago Edian y de las mil y una bayas distintas que crecían en sus plantas. Luego estaba el reino de Hyta, que nunca participaba en las guerras, se cubrían con una gran muralla y se rumoreaba que los habitantes eran gente extremadamente religiosa (su religión era el Rhadem) y supersticiosa: tenían una reina que decía ser el reflejo de Dios en el mundo, y todo lo que decía se cumplía, sus deseos eran órdenes. A pesar de no ser una gran potencia, eran temidos por albergar en el interior de esas impenetrables murallas una criatura que solo obedecía a Dios, y por tanto, a la Reina. Según Astrid había leído en los libros, tenía un tamaño parecido al de toda una aldea, estaba llena de tentáculos (unos veinte, ¡hasta un cartero le había dicho que en un tratado Rhademesco ponía que treinta!) y que escupía un jugo parecido a la lava. Antes de la guerra de los montes de Hyta, nadie creía en sus misticismos y bestias, hasta que un día, según le contó su abuelo, mientras los tres reinos disputaban una guerra para quedarse con los bosques de Hyta, la Reina Diosa se subió en un árbol y empezó a agitar las manos y a hablar en voz baja hasta que una sombra cubrió todos los montes del sol con su cuerpo: era la criatura, que de dos movimientos y un escupitajo mató a tantos hombres que solo sobrevivieron dos, su abuelo, y un hombre que perdió todas sus extremidades. Después de eso, el Reino de Hyta construyó una gran muralla sobre su territorio y amenazó con desatar todas las verdades de sus tratados Rhademescos (criaturas, diluvios, plagas, Dioses...) sobre la faz del mundo si se les molestaba.
Las guerras del desierto no eran más que para quedarse el desierto: arena, arena y más arena inútil por la cual cada año morían miles de hombres, y por la cual ni su padre ni Dreik podrían no estar mañana entre ella y su madre. Después de 11 meses de guerra y sangre, los principales luchadores de la guerra eran substituidos por Novas (luchadores de diez-y-siete años que tenían su primera experiencia bélica), y los grandes luchadores como su padre y Dreik volvían a ver a sus familias, a entregarles todo el dinero que el reino de Hyrodian les daba para pasar todo el año (que nunca era suficiente y hasta algunos morían de hambre o enfermedad) y casarse o tener hijos.
Este año era diferente: Astrid ya no estaba preocupada sólo por su padre, Dreik pasó a formar parte de algo más íntimo y especial de su vida el año anterior, antes de irse como Nova hacia el reino: cuando se fue le dejó un escrito delante de su ventana que envolvía una piedra que se encuentra en el fondo del río y que los hombres de su aldea usan para declarar el amor a una mujer. Pero no es más que una piedra: es un mineral que se vende a altas cantidades de dinero y que para conseguirlo hay que mantener la respiración debajo del agua más de dos minutos y nadar con grandes fuerzas. Se puede morir en el intento. En el escrito había un poema:
Pienso irme de estas tierras,
Obligado a dejar atrás tu amor,
Arriesgando a que te me pierdas,
esa idea me produce pavor.
Cuando tu me necesites, el cielo miraré,
Las estrellas me guiarán, siempre saben donde estás.
Cuando te encuentre de todo te protegeré,
Ningún mal destruirá tan alto linaje:
El linaje de nuestro amor, tan alto como las estrellas.
Tanta reflexión deja a Astrid bajo las estrellas durmiendo y soñando con el día de mañana, disfrutando de la compañía de los dos hombres más importantes de su vida y contemplando la belleza más grande del mundo: la sonrisa de su madre.